Reflexiones

En la última aproximación de tiempo, donde todo es remoto y solitario, donde la exactitud de la existencia se hace única, yace el alma sola, consigo misma y toda su extensión lumínica.

Ahí, en esa amplia, extensa y abrumadora quietud se encuentra con su real grandeza y disminuida (no pequeña) esencia primigenia.

El viento sopla tan fuerte que la limpieza del aire se hace innegable, los pinos susurran secretos de antaño en mis oídos y el mar a lo lejos canta canciones a una luna que juega a ser vestido de la tierra, ésta se niega pero no podrá evitar que en algún momento la vistan de blanco.

Los pájaros son presagio de un nuevo y único tiempo que se avecina, tiempo de despertar de campanas.

 

ILLAPU, VUELVO, Reflexiones

Es curioso, la vida siempre en sus oleajes extraños nos tira a una orilla de tierras, en apariencia familiar, a otras nuevas.
Mis hijos están lejos y a pesar de extrañarlos como un animal (creo que es la mejor definición por la fuerza que eso encierra, respecto al sentimiento que me invade) me siento plena, plena de mi misma, estoy yo y mi alma, cruda y fuerte, inmensa.

Los caminos se me abren como amantes deseosos, y el silencio de las noches me habla. Mi hombre deja de serlo de un modo sutil casi impalpable, sólo estoy yo y el mundo. Las cosas materiales dejan de ser tangibles e importantes, sólo lo que no es tocable, pero sí aromático a mi humanidad, toma fuerza y me inunda de plenitud.
Tal vez por lo anterior, mientras venía manejando y cambiaba las emisoras en forma distraída el día me regaló esta canción, «Vuelvo», de Illapu, la escuchaba cuando era una adolescente de cabellos largos y armada con aros de piedras multicolores. Recuerdo mis luchas (nunca políticas, jamás la he comprendido) sociales o espirituales, luchas donde las armas eran la guitarra o la palabra.

Historias de Santiago, El hombre de las flores.

El hombre de las flores. Todos los días lunes en nuestra empresa cambian las flores, en cada piso del edificio, pasillo o hall se dispone un florero con un hermoso arreglo floral, esto lleva dándose desde algunos años, y tiene como objetivo, «alegrar los ambientes», dice don voz segura el Presidente de le empresa, hombre que en general no le brillan los ojos.

Hoy por primera vez le puse atención, una real atención al hombre que carga las flores. Entró él como siempre, tratando de no molestar, una leve sonrisa, «permiso señora, buenos días», sus ojos eran limpios, tomó el florero de la semana pasada y salió en un silencio sepulcral, tratando de parecer invisible.

Al cabo de unos minutos volvió a entrar con el nuevo arreglo, pero en sus ojos se veía un brillo nuevo, uno más intenso, tal vez con pizcas de orgullo, al darse cuenta que lo miraba esbozo una sonrisa vanidosa, como quién porta un pequeño tesoro. Las rosas blancas trinaron coquetas en sus brazos y unos esplendidos crisantemos amarillos brillaron al contacto de unos rayos de sol que se filtraban a través de la ventana. Todo el conjunto, hombre y flores emitían un brillo distinto al que puede entregar, tal vez, el junior o uno de los directores de la empresa.

Tal vez sólo él se da cuenta del preciado trabajo que tiene y de la importancia de su carga, o a lo mejor los demás estamos muy ocupados en otras tareas «más importantes» para notarlo.
Por un instante el hombre de las flores dejó de ser invisible y me hizo sentir un dejo de envidia, yo estaba tras un escritorio llena de papeles y él, él era el hombre de las flores. Sin darse cuenta hizo que mi lunes fuera distinto.