Prosa poética

Ya no hay más silencio que mi propia voz, fluyendo como un río ante la comprensión. Se disipa la duda de una búsqueda incansable, se esfuma ante la mirada dulce del amante que abraza todo mi interior, mi existencia toda. La niebla blanquecina que otrora fuera mi ceguera cae ante mi tacto indefensa.

Y arde mi mano en el amante y todo él arde en mí eternamente.

El amante y yo jugamos en las palabras, el amante sueña que es viento, yo, sueño que soy árbol.