Reflexiones desde un rincón del Himalaya


Como decía en el anterior post, he dejado a un lado un montón de hojas en las que escribí las crónicas de este nuevo viaje a India. Después de estar algún tiempo en Rishikesh, la ciudad del yoga de India y que en lo particular, además de ser como toda India, una ciudad bella y llena de color, no marcó nada significativamente profundo en mí, por lo que me fui a mi destino, Dharamsala, sin embargo creo que todo lo que yo pueda escribir respectos a las aventuras y peripecias que pasamos cuando se viaja no como turista sino que adentrándote en la cultura de un país, posiblemente ya lo han escrito otros, por lo tanto me remitiré sólo a dos aspectos de singular importancia que llamaron poderosamente mi atención y que de alguna manera han modificado levemente mi futuro, o lo que crearé para él. Tengo la convicción que las líneas por las que encauzamos nuestra vida se abren, ¿cómo? por el deseo que ponemos en ello, el movimiento interno y la energía que generamos para que lo deseado comience a crearse. Crear nuevos senderos por los cuales impulsar la energía con la que hacemos que nuestra vida tenga un propósito.

Soy una mujer crítica, juzgo más de lo debido y es uno de mis grandes defectos. Por más que trato de no hacerlo, persiste esa piedra molesta en mi zapato. Por qué traigo a colación esto, simple, cuando algo no funciona bien en nuestra personalidad o ego, se interpone en lo esencial, en lo que sí importa, en aquello que debemos detenernos, eso que es más profundo, más hondo, más allá de todo. Cuando nos damos cuenta de cuanto actúa nuestro ego en nosotros, es como ver un río al que llega un afluente de agua contaminada, deseas detenerla, que esa agua sucia no enlode el cristalino afluente por el que se mueve esa parte divina que poseemos ¡y no puedes!, creo que lo primero es tomar consciencia de ese acto, lo visualizas e identificas…, ya es algo, hay miles de seres humanos que ni siquiera se detienen a observarse a sí mismos.

En fin, uno de los íntimos asombros que me hizo darme cuenta de la maravilla que es tener pocos apegos, vivir ajena al temor, a la crítica, al juzgar, al querer tener más que desear ser fue gozar del asombro por ver la enorme cantidad de mujeres que se aventuran por estas zonas, tal vez un tanto agrestes como ciertos rincones de india u otros tantas esquinas de países poco contaminados con la manipulación mediática y el consumismo, zonas alejadas e inhóspitas. Fue en esos lugares donde me encontré con varias mujeres que sin más compañía que una mochila, un mundo que bulle dentro de ellas, y la valentía de hacer se adentraban solas, valientes y sin necesidad de equipaje, ese con el que nos llenamos a estos mundos. ¿Me pregunto cuántas de nosotras, mujeres de ciudad seríamos capaces de tal aventura?. Dejar el maquillaje, la ropa suave, joyas tontas que nos adornan como árbol de pascua y tanto más…¿cuántas…?, sólo para ir a redescubrirnos, para reconocer el poder y la fuerza que sí tenemos. Para dejar lo fatuo y encontrarnos con algo que está más allá de todo lo tangible. ¿cuántas?…

En India las hay de todos los tipos. Jóvenes, de media edad y ya mayores. Las hay buscadoras y las que ya no necesitan buscar. Muchas tratando de asentarse en el mundo. Muchas ya asentadas y experimentando la vida con la nueva comprensión de ya saberse. Para no alargar mucho esta reflexión sólo mencionaré a tres; la primera una rumana radicada en España de unos treinta y cinco años, mediana estatura, de pelo muy corto y rubio, con un rostro bello y una mirada inquisidora y profunda, sin más que una mochila se fue por más de un mes a recorrer la zona norte más extrema de India, cachemira, con soldados Indues pocos amables cargados con metralletas cuidando la frontera y que la miraban como diciendo ¿y tú, qué haces acá?, ¡vete!. Luego Ladak…, imperdible, solo, de tanta soledad, de tanta majestuosidad donde no muchos hablan ingles, donde no hay el turismo que vez en el resto de India, es tan solo, de tanta montaña, de tanto silencio.

Nos contaba lo difícil que fue y las varias batallas que tuvo que lidar y al mismo tiempo cuanto creció. Al mirarla y escucharla hablar sentía una envidia sana, ¡qué ganas de tener la valentía para irme por ahí sola, sin temor a morirme de frío o no encontrar donde dormir. Que me mate algún soldado loco, roben, o qué se yo… siempre la mente armando tormentas de arena que no existen. Ese día regresaba a España, seguramente en poco tiempo se irá a otro singular lugar, sin más compañía que una mochila, unos cuantos dólares y cargada del deseo de sólo experimentar y sentir la tierra en su estado más puro. Suerte para ella.

Angelica, chilena, madre de un hijo pequeño, actriz. Ganó un proyecto de alguna entidad que no recuerdo para ir a trabajar con niños a India, hablaba un ingles precario y sin más compañía que su propia voz partió a pequeñas ciudades a trabajar con estos niños. Niños que obviamente no hablaban Ingles y con los que debía comunicarse. Viajar en tren o en bus por India no es fácil, llegar a los pequeños pueblos donde no sabes donde vas a dormir y comenzar a hacer teatro o representaciones con pequeños niños que sólo quieren comer o que les regales un dulce no es tarea fácil, ella lo logró con creces. Mi admiración y aplauso para ti Angelica.

Hubo otra, una distinta a las anteriores pero que llamó mi atención tan poderosamente, no se dio la instancia para detenerla y preguntarle mil cosas que pasaban por mi mente, sólo la observaba cada vez que nos cruzábamos en algún café o pequeña calle mientras alguna de las dos avanzaba a algún punto de Mcleod Ganj. Al parecer llevaba una buena temporada en en ese rincón, podríamos llamarlo tibetano dentro de India, tendrá alrededor de unos setenta años, sí, sé que son bastantes ¡pero se le veía tan vital!. De largo pelo cano que caía por toda su espalda formando pequeños racimos de rastas. No sé por qué sentí envidia por esa mujer…, su tez arrugada, sus ojos cansados pero tan vivos, sus brazos delgados como dos cuerdas tristes pero fuertes, su tez limpia y su pelo tan suyo y sin ninguna fatuidad. Su rostro sereno me decía tanto. Era tan sereno y seguro. Creo que esa mujer no necesitaba ni temía a nada. ¿Cuánto tiempo vivirá ahí?, ¿años?. Claramente no estaba de paso, la vi varios días y se movía como quien se mueve en lo conocido, en fin, cuando coincidíamos en algún café la observaba escribir cosas en un cuaderno cansado, hablar con otros que llegaban y la saludaban con cariño, no sé…había un gran universo en ese cuerpo añoso.

Podría hablarles de tantas que encontré y hablé en este viaje, tantas que despertaron mi asombro y admiración, mi compasión. Sí, tantas…

Mientras escribo estas líneas, acompañada por unos truenos que no hacen pausa llenándome de una fuerza extraña en la habitación de un hotel que cuelga en las faldas del Himalaya, me pregunto si yo tendría el coraje de alguna de ellas, lo que se necesita para abandonarlo todo, no temer a nada, no desear nada ni siquiera la paz eterna, sólo irme, a ¿dónde?, ¿qué importa?, dejar los apegos a cualquier cosa que te amarre. No buscar, ni perderse, ya no busco ni quiero perderme, hace tanto de eso, ahora creo me resta envidiarlas por no tener apegos. Los apegos traen sufrimiento, despertar es dejar de sufrir. Me falta mucho para ello, tanto que creo necesitaré un par de vidas más en esta tierra mía para poder alejarme de todo y todos los que amo, de mis lugares, mis bosques mi tierra, mi aire.

Lo segundo que marcó este viaje fue observar la realidad de la gente del Tibet. Gente que cuida sus costumbres, su amor por una espiritualidad más calmada, con rostros curtidos por el frío y el dolor pero con ojos amables. Estar tan cerca de toda esta gente tan sufrida y tan valiente me ha llenado de una rara nostalgia, ¿cómo es sufrir tanto y permanecer de pie?. Dejar tu tierra empujada por otros seres humanos llenos de ambición, como tantas guerras que se están dando en nuestro planeta, la ambición por abarcar más, más poder, más tierras, más ganancias, ¿hasta cuándo?, ¿hasta cuándo la gente tolerará que los manipulen, pisoteen, idioticen?, hasta cuándo… y el mundo observa impune todas estas batallas, mientras no les toque a ellos, no importan…, cuando comprenderán que la evolución de uno es la evolución de todos, la libertad de uno, será la libertad de todos…¿cuándo?

Por las pequeñas calles de piedra pasan raudos y decididos un montón de hombres y algunas pocas mujeres con sus cabezas rapadas y sus túnicas granate, es tiempo de vacaciones y muchos de ellos visitan a sus familias y por supuesto acuden al templo, hogar en India del Dalai Lama, a hacer sus oraciones. Algunos, la mayoría creo tienen un alma bastante pura, entregados por completo y en alegría a la vida que eligieron o les eligieron cuando eran pequeños.

Una tarde en que me fui al templo había una mujer de unos ¿70 años?, creo, llevaba un rato haciendo sus postraciones, se tendía sobre un tablón, y luego se deslizaba con las manos hasta quedar acostada y enseguida se levantaba para quedar de pie y hacer una nueva flexión, quise tomarle una foto pero me hizo un gesto negativo, le sonreí queriendo disculparme. Había un tablón desocupado y pensé, ¿por qué no?, y ahí me quedé tratando de imitar sus acciones, sólo hice siete y quedé agotada, habían más de 38 grados y ella fresca como una lechuga, yo lánguida. Me sonrió con aprobación, también otros que las hacían cerca de ella, creo que valoraron el acto de “tratar” de hacer algo que para ellos es de tanta importancia, finalmente pude tomarle la foto.

El tiempo pasa casi silencioso, y sin embargo va marcando lo desandando firmemente, es como si allá, en ese maravilloso país quisiera que nadie lo anotara en un calendario, sin horarios que marquen ningún compromiso más que el vivir, simplemente vivir el día a día. Vivir en un presente sin deseo. Ya estoy de regreso en España, recién ahora puedo subir este post. En unas semanas regreso a Chile después de varios meses fuera, y todo es distinto, creo que mejor, con mayor consciencia, mayor valoración de lo importante, de lo que se debe hacer y lo que ya no vale perder el tiempo haciéndolo. Sin esperar, sólo ser., Ser más real, ya cada día lo es y yo con él. Veré los ojos de mis hijos, oleré mis pinos, escucharé la melodía de nuestro océano, más bravo, más vivo en pocas semanas, sentir el frío después de este calor que sofoca, sentir mi silencio. Mi amado silencio…

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4 pensamientos en “Reflexiones desde un rincón del Himalaya

  1. Patricia. Acabo de descubrir tus post y me han encantado. Gracias por compartir parte de tu ser. Saludos desde México.

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