Santiago, Subiendo por la piramide


 La subida de la pirámide siempre tiene algo que entregar, o es un agónico avance del minutero o es un choque que te deja reflexivo, ¿si hubiera sido yo?. A medida que avanzo me afirmo en las decenas de rostros cansados, pensativos e idos. Cada uno en su propio y distante universo.

Los autos suben con una lentitud caótica, me entretuve mirándolos, como siempre, admirándome lo que pasa a mi alrededor, a mi derecha se desprende una tierra todavía con rasgos de pureza. A mi izquierda, siguen los autos gateando, cansados.
Elijo perderme en el panorama que me regalan los cerros; en ellos, diviso pequeños y lejanos senderos con una línea en movimiento, autos que parecen hormigas llevando como carga luciérnagas impacientes, dan una rara imagen de una tierra aún viva. Me admira el juego de contrastes, es como si la ciudad estuviese trepando silenciosa sobre la tierra mientras con disimulo, le da mordiscos angustiosos para seguir alimentándose, arrasando poco a poco con la bravura casi extinta que ésta tan porfiadamente cuida.
Y yo, yo miro todo eso mientras pienso, ¡Por Dios!, si somos tan frágiles y nos creemos pequeños Dioses con cascos de arquitecto jugando a contruir el mundo.

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