Premio nobel


Transcribo entrevista a Jean-Marie le Clézio en la Revista de Libros de El Mercurio

En esta entrevista publicada en abril de 2002, el ganador del Nobel de Literatura hace un recorrido por su extensa obra.
Jueves 9 de Octubre de 2008
10:41
Tirthankar Chanda, para El Mercurio

SANTIAGO.- Este novelista fuera de norma, francés y mauriciano a la vez, educado en la cultura francesa y buen conocedor de la literatura anglosajona, se inspira de Lautréamont, Zola pero también de Stevenson y Joyce. A la crítica siempre le costó entenderlo. Además, desde su primera novela, El atestado (1963), con la que obtuvo a los 23 años el prestigioso premio “Theophraste Renaudot”, tanto su escritura como su temática han evolucionado mucho.

Su vasta producción cuenta hoy en día con una treintena de libros (novelas, ensayos, colecciones de cuentos, traducciones) y refleja sus preocupaciones ecológicas, su rebelión contra la intolerancia del pensamiento racionalista occidental, su fascinación por el mundo indígena de las Américas, descubrimiento temprano que cambió toda su vida.

-Se ha calificado su producción de obra mística, filosófica, incluso ecológica. ¿Se reconoce en estos calificativos?
-Es difícil calificar lo que ha hecho uno mismo. Si tuviera que describir mis libros, diría que son lo que más se parecen a mí. Cuando escribo, intento traducir esencialmente mi relación con lo cotidiano. Vivimos una época agitada, invadidos por un caos de ideas e imágenes. El papel de la literatura hoy en día es quizás hacerse eco de ese caos.

-¿La literatura puede actuar sobre ese caos, transformarlo?
-Ya no tenemos la presunción de creer, como en la época de Sartre, que una novela puede cambiar el mundo. Hoy en día los escritores sólo pueden constatar su impotencia política. Cuando se lee a Sartre, Camus, Dos Passos o Steinbeck, se ve perfectamente que estos grandes escritores comprometidos tenían una confianza infinita en el devenir del ser humano y en el poder de la escritura. Hoy en día ya no podemos creer en ello. La literatura contemporánea es una literatura de la desesperación.

-Si se le considera escritor inclasificable, quizás porque Francia nunca ha sido su única fuente de inspiración. En sus novelas aparece una imaginería mundializada. ¿De dónde le viene esa fascinación por otras culturas?
-En primer lugar, le contestaré que no me molesta en absoluto ser inclasificable. Considero que la novela tiene como principal cualidad la de ser inclasificable; es decir, ser un género polimorfo donde interviene un cierto mestizaje, una mezcla de ideas que es el reflejo, a fin de cuentas, de nuestro mundo multipolar.

“Y, en segundo lugar, la cultura occidental se ha vuelto demasiado monolítica. Privilegia hasta la exacerbación el urbanismo, la técnica, impidiendo de esa manera el desarrollo de otras formas de expresión: la religiosidad, los sentimientos, por ejemplo. En nombre del racionalismo se oculta todo lo impenetrable del ser humano. Al darme cuenta de ello, fue cuando me interesé por otras civilizaciones”.

Convivencia con indígenas

-En ese más allá que ha buscado usted, México en particular y el mundo amerindio en general ocupan un lugar preeminente. ¿Cómo descubrió México?
-Hice el servicio militar en México; durante los dos años que estuve en ese país tuve la ocasión de viajar. Fui a Panamá, donde encontré a los emberas. Estuve cuatro años (1970-1974) conviviendo con esa población indígena de la selva”. Fue una experiencia conmovedora, ya que descubrí un modo de vida que no tenía nada que ver con lo que yo había conocido en Europa. Los emberas viven en armonía con la naturaleza, con su entorno, con ellos mismos, sin necesidad de recurrir a ninguna autoridad jurídica o religiosa. Todo ello me asombró muchísimo y, a mi vuelta, cuando quise contar la cohesión social de esta comunidad, la crítica me tachó de ingenuo, simplista y de caer en el mito del ‘buen salvaje’, algo que no tenía nada que ver con mi intención. Nunca podré decir de aquella gente con la que conviví que eran salvajes, ni que eran buenos. Vivían según otros criterios y valores.

-En sus libros, la frontera entre los géneros se difumina, se aleja de la narración novelesca clásica. ¿Cree que el género de la novela, heredado del siglo XIX, sigue estando demasiado marcado por sus orígenes burgueses y que, tal cual, no puede dar cuenta de la complejidad del mundo posmoderno y poscolonial?
-Efectivamente, la novela es un género burgués. A lo largo del siglo XIX encarnó perfectamente las suertes y desgracias de la burguesía. Luego llegó el cine, le robó protagonismo y demostró ser una útil representación del mundo mucho más eficaz. Así, pues, los escritores quisieron ampliar el alcance del género novelesco utilizándolo como modo de expresión de ideas, sentimientos. Se dieron cuenta hasta qué punto este género era maleable, fluido y se prestaba fácilmente a los experimentos formales. Desde entonces, cada generación ha ido renovando la novela, la ha reinventado, aportando nuevos elementos.

-Sus novelas también tienen una parte autobiográfica. ¿Le da la impresión de ser el archivista de su propia historia, de su propia experiencia vital?
-Mis novelistas preferidos son Stevenson y Joyce. Encontraron la inspiración en sus primeros años de existencia. Revivieron su pasado e intentaron comprender el ‘porqué’ y el ‘cómo’ a través de la escritura. Cuando se lee el Ulises, de Joyce, da la impresión de que su propósito no fue contar el instante presente, sino decir todo lo que contiene, todo lo que lo ha formado. Con él, se reavivan el rumor de la calle, los retazos de conversaciones, los castigos corporales sufridos en la escuela que le perseguían como una obsesión. Naipaul también vuelve a sus primeros años de formación a través de lo imaginario. La literatura sólo es fuerte cuando logra expresar las primeras sensaciones, las primeras experiencias, las primeras ideas, los primeros desencantos.

-Leyendo sus obras parece que sus personajes, como usted, buscan una patria que está más allá del concepto tradicional y algo anticuado de nación. Salman
Rushdie habla de “patrias imaginarias” al evocar las nuevas relaciones que intenta establecer este escritor exiliado con su país de origen. ¿A qué se parece su patria imaginaria?
-Yo mismo me considero un exiliado porque toda mi familia es mauriciana. Desde hace varias generaciones nos hemos ido nutriendo de folclore, cocina, leyendas y cultura mauricias. Se trata de una cultura muy mezclada, con referencias hindúes, africanas y europeas. Nací y me eduqué en Francia con esa cultura, y he crecido diciéndome que había otro lugar que encarnaba mi verdadera patria. Un día iré allí y sabré lo que es. Por ello, en Francia siempre me he considerado un poco como ‘una pieza importada’. Y sin embargo, amo la lengua francesa y quizá sea mi verdadero país.

-Sus antepasados eran franceses ¿no?
-En efecto, los Le Clézio vienen del Morbihan, en Bretaña. Durante la Revolución Francesa uno de mis antepasados, que no quiso alistarse en el ejército revolucionario porque le pedían que se cortara su larga cabellera, tuvo que huir de Francia. Se embarcó con toda su familia en un barco, “El correo de Indias”, con la intención de ir a la India. Pero en la escala en la isla Mauricio se bajó, porque su mujer era de esta isla y todavía tenía familia. La rama mauriciana de los Le Clézio viene de este antepasado aventurero y rebelde, protagonista de mi próxima novela. En este momento estoy escribiendo su historia, cuando se instaló en la isla Mauricio. Me siento cercano a este hombre que se exilió en un rincón del mundo porque huía de algo. Creo que lo entiendo

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