Es curioso, la vida siempre en sus oleajes extraños nos tira a una orilla de tierras, en apariencia familiar, a otras nuevas.
Mis hijos están lejos y a pesar de extrañarlos como un animal (creo que es la mejor definición por la fuerza que eso encierra, respecto al sentimiento que me invade) me siento plena, plena de mi misma, estoy yo y mi alma, cruda y fuerte, inmensa.
Los caminos se me abren como amantes deseosos, y el silencio de las noches me habla. Mi hombre deja de serlo de un modo sutil casi impalpable, sólo estoy yo y el mundo. Las cosas materiales dejan de ser tangibles e importantes, sólo lo que no es tocable, pero sí aromático a mi humanidad, toma fuerza y me inunda de plenitud.
Tal vez por lo anterior, mientras venía manejando y cambiaba las emisoras en forma distraída el día me regaló esta canción, «Vuelvo», de Illapu, la escuchaba cuando era una adolescente de cabellos largos y armada con aros de piedras multicolores. Recuerdo mis luchas (nunca políticas, jamás la he comprendido) sociales o espirituales, luchas donde las armas eran la guitarra o la palabra.