Ya es definitivo, a pesar de haber comprado mi pasaje a México, estaba esperando algo… no sé, que pasara algo y todo se cancelara, pero no, llego el programa y esta todo listo, parto a México el 6, he pensado tanto en ello, en lo que significa para mi vida interior, lo que encontraré… recuerdo hace tanto tiempo… Tenía unos 18 años cuando llego a mis manos el primer libro que abrió mi alma, encuentros con don Juan, de Carlos Castañeda…, ya ni siquiera me acuerdo bien el titulo del libro, pero fueron todos, todos los libros de don Juan. En ese tiempo vivía en Pirque, también de soltera viví allá, teníamos una parcela bastante grande, tomaba mi yegua, la Paloma, era blanca, preciosa, la montaba sólo con un saco de papas, (siempre me retaban por ello) pero sin montura sentía la conexión con el animal mucho más intensa, me sentía una con ella, galopábamos hasta el arroyo, que estaba a unos dos km y ahí me «apeaba», ella…, se quedaba pellizcando algo de pasto y tomando agua de cuando en cuando, yo, tendida bajo el sauce que estaba en el limite, y me ponía a leer a mi amado don Juan, cuando terminaba el capitulo o se me acaba la luz o las ganas, me disponía a hacer los ejercicios, torneaba la cabeza de un lado a otro.. y en realidad… todo se veía distinto, la realidad cambiaba… sólo me faltaban los pellotes (creo que ese era el nombre) alucinógenos con los que don Juan hacía que sus discípulos llegaran a la «otra realidad», soñaba en ese tiempo viajar a México a encontrarlo, entregarme a él como discípula… tiempos aquellos, ahora, ahora es distinto, será la literatura la que me lleve allí, conoceré los pueblos indígenas, estaré con gente, que creo es muy pura, esa a la cual la civilización todavía no ha alcanzado de lleno, gente que todavía ve con el alma.
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La Golondrína
Hoy encontré un pajarito, estaba en el suelo del estacionamiento, lo que me indica que seguramente se cayo de un nido de uno de los tantos arboles y obviamente no sabe volar, por lo tanto esta totalmente vulnerable. Pobrecillo, lo tuve que adoptar, lo cobije con una servilleta y le hice un simulacro de nido, el pobrecillo me mira…, tiene unos ojitos tan dulces…, yo, lamentablemente para él no tengo cara de zorzal por lo que debe estar muy asustado.
Convencí al júnior de la empresa, «El Renan» que debía ayudarme a salvarlo, le dije que iba a ser nuestro hijo, (se le iluminaron los ojos jaja) y que debíamos encontrar gusanos o se moriría, cosa que no le pareció muy entretenida pero con un par de cerradas de ojos y una sonrisa dulce, lo convencí.
Ya una vez en el patio nos pusimos a picotear en todos los lugares donde estaba la tierra fresca, pero no aparecían, por fin ¡¡UNO!!.. el Renan lo tomo con sus dedos gruesos y como si nada me dice «ya afírmelo mientras yo le abro el pico»…¡¡ te imaginas!!, y lo peor de todo, lo tuve que hacer, ayyy si lo sentía entre mis dedos revolcándose y de una suavidad desagradable, era de un color entre rojo y burdeo uajjjj por fin logramos abrir su pequeño pico e introducir el reptil que no dejaba de moverse, el pequeño me miro como suplicante, tal vez pensaría que quería asfixiarlo, el pequeño gusano quedo con la punta de su cola asomado de su pico, yo, con mis manos hediondas a gusano, el Renan muriéndose de la risa y él… él con unas ganas de vivir inmensas, ahora esta acá, al lado de computador mientras escribo, luchando por vivir, espero lo logre.
Con mi hija…
Miércoles
Mientras escribo, mi pequeña golondrina (supe que era golondrina y no zorzal) esta a mi lado, la fresca no quiere bajarse de mi mano o mi pecho, el sentir mi calor seguramente la hace pensar que está con su madre. Basta que me acerque un poco a ella me abre su pequeño pico exigiéndome su alimento, y yo…, he pagado todos mis pecados recogiendo esas lombrices asquerosas (perdón Señor), no hay nada en el mundo que le tenga más asco que a los gusanos o lombrices, y ella, se las come como el manjar más apetecido, ufff…y yo? Las tengo que tomar con mi mano mientras se retuercen.
Por otro lado, me siento tan feliz por que siga con vida, porque me reconozca, por tenerla a mi lado, por el sólo hecho que cuando me mira, me hace sentir más humana y un poco más generosa.
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(Sigue siendo miércoles…
Quisiera escribirte un poema, uno de esos que despiertan el alma, un sentimiento único , una lagrima pequeña… Quisiera poder parir la fuerza para cosechar tu voz, matar los silencios, esa ausencia…, bañarme de tus palabras, ser en las frases que salgan de tus dedos, quisiera que estuvieras acá, precisamente acá, al menos con la palabra, así dejarías de ser sueño, de ser un simple sueño.
Tal vez un día ya no te converse, tal vez pronto tu ya no me sueñes…, tal vez, desaparezcamos…, así como el resto.)
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Miércoles de más noche..
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Me traje a mi hijo a casa, lo metí en una hermosa caja roja que me trajeron de china, lo arropé con un pañuelo grande en forma de nido y me fui al patio a buscar gusanos, picoteé casi todo el jardín, ¡nada!, parece que se pasaron el dato los gusanos porque no había ninguno, los maceteros también fueron inspeccionados, ¡¡nada!!, que terrible, tendrá que pasar hambre hasta mañana el pobrecito, al menos no pasará frío. Lo llevaré a mi lado cuando rezo y luego nos iremos a dormir abrazados, sabrá que soy su nueva madre…? .(espero que el Oscar no crea que es postre)
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Primer monólogo
Primer monologo de «conversaciones con un hombre sin rostro», un ser que no existe .Algo extraño esta pasando en mi interior, me hallo presa de una tristeza rara, casi incomprensible, todo en mi está transmutándose, tengo necesidades que no tenía y otras, las he perdido. Preciso escribir más que respirar, de otra forma no puedo sacar el torbellino de sensaciones, emociones y esos momentos de claridad donde todo es eso, ¡tan claro!
Estoy luchando por crear los momentos, y para ello debo dejar todas mis responsabilidades de lado, no se si sea bueno, pero es una angustia que agrieta el aire, lo deja rancio no permitiendo con esto que entre a mi cuerpo libremente.
Al final, después de ganarle batallas al tiempo y cuando logro sentarme frente a la pantalla para tirar las palabras que en aberrante derrame se adhieren a la hoja, no logro expresar lo que mi ánima clama, no logro hilar la frase, sacar esa sensación justa, esa que esta al borde de mi ser, al borde de todo lo que hablo o callo, en ese filo de navaja en la cual caminamos los que estamos en esa búsqueda que no cesa jamás.
A veces…, cuando logro entrar en ese silencio en que mi alma y yo conversamos, es todo tan claro, tan nítido, en ese momento no admito la presencia de humano alguno, quisiera estar por horas así, pensante y sentida, ajena al mundo, es en esos instantes donde comienzan a amasarse esas sensaciones de las que te hablo, vienen imágenes, emociones que de pronto me cuesta explicar, pero son tan fuertes, tanto.
Cartas de Amor de Maria Rilke
PRÓLOGO
El intercambio de cartas que sigue a continuación ha sido extraído de la correspondencia entre Rainer María Rilke y Lou Andrés-Salomé, stablecida y publicada por Ernst Pfeiffer (Rainer María Rilke/Lou Andrés-Salomé: Briefwechsel. Max Niehans Verlag Zurich u. Insel Verlag Wiesbaden 1952).
La amiga más íntima de Rilke desde 1904 y discípula de Freud a partir de 1912-13, Lou Andrés-Salomé, practicaba el psicoanálisis. Pero mucho antes había sido la «consultora», literalmente la «psicóloga» de Rilke, y no sólo en los momentos de angustia y de malestar del poeta. Ahora bien, lejos de querer encaminar a Rilke hacia un tratamiento analítico lo apartó, al contrario, de él. La cura de alma que ejerce en muchos períodos [12] de esta larga correspondencia (1896-1926) se fundamentaba en su convicción de que las fuerzas obscuras constituían la única fuente tanto de «curación» como de creación del poeta: era necesario, pues, que fueran preservadas de una intervención semejante a la del método analítico, que hubiera destruido su propio ritmo. Una de las mayores obsesiones de Rilke consistía en la alienación de su propio cuerpo, llegando a veces hasta el desdoblamiento (lo «Otro») a capricho del comportamiento somático de este último, como si se hubiera tratado de un simulador solapado de sus estados de espíritu. Sobre todo en este dominio, Lou busca hacerse la mediadora entre el alma deprimida del poeta y las angustias que Sigue leyendo
Otros autores
OSCAR WILD
(Irlanda, 1854 – Francia, 1900)
(Especialmente dedicado a mi golondrina)
El Príncipe Feliz
La estatua del Príncipe Feliz se alzaba sobre una alta columna, desde donde se dominaba toda la ciudad. Era dorada y estaba recubierta por finas láminas de oro; sus ojos eran dos brillantes Sigue leyendo
Ernst Hemingway
Un canario como regalo
EL tren pasó rápidamente junto a una larga casa de piedra roja con jardín, y, en él, cuatro gruesas palmeras, a la sombra de cada una de las cuales había una mesa. Al otro lado estaba el mar. El tren penetró en una hendidura cavada en la roca rojiza y la arcilla, y el mar sólo podía verse entonces interrumpidamente y muy abajo, contra las rocas.
-Lo compré en Palermo -dijo la dama norteamericana-. Sólo estuvimos en tierra una hora. Era un domingo por la maíiana. El hombre quería que le pagara en dólares y le di un dólar y medio. En realidad canta admirablemente. Sigue leyendo
Edgar Allan Poe
Edgar Allan Poe
(Boston, 1809 – Baltimore, 1849)
El Retrato Oval
El castillo en el cual mi criado se le había ocurrido penetrar a la fuerza en vez de permitirme, malhadadamente herido como estaba, de pasar una noche al ras, era uno de esos edificios mezcla de grandeza y de melancolía que durante tanto tiempo levantaron sus altivas frentes en medio de los apeninos, tanto en la realidad como en la imaginación de Mistress Radcliffe. Según toda apariencia, el castillo había sido recientemente abandonado, aunque temporariamente. Nos instalamos en una de las habitaciones más pequeñas y menos suntuosamente amuebladas. Estaba situada en una torre aislada del resto del edificio. Su decorado era rico, pero antiguo y sumamente deteriorado. Los muros estaban cubiertos de tapicerías y adornados con numerosos trofeos heráldicos de toda clase, y de ellos pendían un número Sigue leyendo
Franz Kafka (Sólo algo….)
Franz Kafka
(Praga, 1883 – 1924)
Ser infeliz
Cuando ya eso se había vuelto insoportable -una vez al atardecer, en noviembre-, y yo me deslizaba sobre la estrecha alfombra de mi pieza como en una pista, estremecido por el aspecto de la calle iluminada me di vuelta otra vez, y en lo hondo de la pieza, en el fondo del espejo, encontré no obstante un nuevo objetivo, y grité, solamente por oír el grito al que nada responde y al que tampoco nada le sustrae la fuerza de grito, que por lo tanto sube sin contrapeso y no puede cesar aunque enmudezca; entonces desde la pared se abrió la puerta hacia afuera así de rápido porque la prisa era, ciertamente, necesaria, e incluso vi los caballos de los coches abajo, en el pavimento, se levantaron como potros que, habiendo expuesto los cuellos, se hubiesen enfurecido en la batalla.
Cual pequeño fantasma, corrió una niña desde el pasillo completamente oscuro, en el que todavía no alumbraba la lámpara, y se quedó en puntas de pie sobre una tabla del piso, la cual se balanceaba levemente encandilada en seguida por la penumbra de la pieza, quiso ocultar rápidamente la cara entre las manos, pero de repente se calmó al mirar hacia la ventana, ante cuya cruz el vaho de la calle se inmovilizó por fin bajo la oscuridad. Apoyando el codo en la pared de la pieza, se quedó erguida ante la puerta abierta y dejó que la corriente de aire que venía de afuera se moviese a lo largo de las articulaciones de los pies, también del cuello, también de las sienes. Miré un poco en esa dirección, después dije: «buenas tardes», y tomé mi chaqueta de la pantalla de la estufa, porque no quería estarme allí parado, así, a medio vestir. Durante un ratito mantuve la boca abierta para que la excitación me abandonase por la boca. Tenía la saliva pesada; en la cara me temblaban las pestañas. No me faltaba sino justamente esta visita, esperada por cierto. La niña estaba todavía parada contra la pared en el mismo lugar; apretaba la mano derecha contra aquélla, y, con las mejillas encendidas, no le molestaba que la pared pintada de blanco fuese ásperamente granulada y raspase las puntas de sus dedos. Le dije:
-¿Es a mí realmente a quién quiere ver? ¿No es una equivocación? Nada más fácil que equivocarse en esta enorme casa. Yo me llamo así y asá; vivo en el tercer piso. ¿Soy entonces yo a quién usted desea visitar?
-¡Calma, calma! -dijo la niña por sobre el hombro-; ya todo está bien.
-Entonces entre más en la pieza. Yo querría cerrar la puerta.
-Acabo justamente de cerrar la puerta. No se moleste. Por sobre todo, tranquilícese.
-¡Ni hablar de molestias! Pero en este corredor vive un montón de gente. Naturalmente todos son conocidos míos. La mayoría viene ahora de sus ocupaciones. Si oyen hablar en una pieza creen simplemente tener el derecho de abrir y mirar qué pasa. Ya ocurrió una vez. Esta gente ya ha terninado su trabajo diario; ¿a quién soportarían en su provisoria libertad nocturna? Por lo demás, usted también ya lo sabe. Déjeme cerrar la puerta.
-¿Pero qué ocurre? ¿Qué le pasa? Por mí, puede entrar toda la casa. Y le recuerdo; ya he cerrado la puerta; créalo. ¿Solamente usted puede cerrar las puertas?
-Está bien, entonces. Más no quiero. De ninguna manera tendría que haber cerrado con la llave. Y ahora, ya que está aquí, póngase cómoda; usted es mi huésped. Tenga plena confianza en mí. Lo único importante es que no tema ponerse a sus anchas. No la obligaré a quedarse ni a irse. ¿Es que hace falta decírselo? ¿Tan mal me conoce?
-No. En realidad no tendría que haberlo dicho. Más todavía: no debería haberlo
dicho. Soy una niña; ¿por qué molestarse tanto por mí?
-¡No es para tanto! Naturalmente, una niña. Pero tampoco es usted tan pequeña. Ya está bien crecidita. Si fuese una chica no habría podido encerrarse, así no más, conmigo en una pieza.
-Por eso no tenemos que preocuparnos. Solamente quería decir: no me sirve de mucho conocerle tan bien; sólo le ahorra a usted el esfuerzo de fingir un poco ante mí. De todos modos, no me venga con cumplidos. Dejemos eso, se lo pido, dejémoslo. Y a esto hay que agregar que no le conozco en cualquier lugar y siempre, y de ninguna manera en esta oscuridad. Sería mucho mejor que encendiese la luz. No. Mejor no. De todos modos, seguiré teniendo en cuenta que ya me ha amenazado.
-¿Cómo? ¿Yo la amenacé? ¡Pero por favor! ¡Estoy tan contento de que por fin esté aquí! Digo «por fin» porque ya es tan tarde. No puedo entender por qué vino tan tarde. Además es posible que por la alegría haya hablado tan incongruentemente, y que usted lo haya interpretado justamente de esa manera. Concedo diez veces que he hablado así. Sí. La amenacé con todo lo que quiera. Una cosa: por el amor de Dios, ¡no discutamos! ¿Pero, cómo pudo creerlo? ¿Cómo pudo ofenderme así? ¿Por qué quiere arruinarme a la fuerza este pequeño momentito de presencia suya aquí? Un extraño sería más complaciente que usted.
-Lo creo. Eso no fue ninguna genialidad. Por naturaleza estoy tan cerca de usted cuanto un extraño pueda complacerle. También usted lo sabe. ¿A qué entonces esa tristeza? Diga mejor que está haciendo teatro y me voy al instante.
-¿Así? ¿También esto se atreve a decirme? Usted es un poco audaz. ¡En definitiva está en mi pieza! Se frota los dedos como loca en mi pared. ¡Mi pieza, mi pared! Además, lo que dice es ridículo, no sólo insolente. Dice que su naturaleza la fuerza a hablarme de esta forma. Su naturaleza es la mía, y si yo por naturaleza me comporto amablemente con usted, tampoco usted tiene derecho a obrar de otra manera.
-¿Es esto amable?
-Hablo de antes.
-¿Sabe usted cómo seré después?
-Nada sé yo.
Y me dirigí a la mesa de luz, en la que encendí una vela. Por aquel entonces no tenía en mi pieza luz eléctrica ni gas. Después me senté un rato a la mesa, hasta que también de eso me cansé. Me puse el sobretodo; tomé el sombrero que estaba en el sofá, y de un soplo apagué la vela. Al salir me tropecé con la pata de un sillón. En la escalera me encontré con un inquilino del mismo piso.
-¿Ya sale usted otra vez, bandido? -preguntó, descansando sobre sus piernas bien abiertas sobre dos escalones.
-¿Qué puedo hacer? -dije-. Acabo de recibir a un fantasma en mi pieza.
-Lo dice con el mismo descontento que si hubiese encontrado un pelo en la sopa.
-Usted bromea. Pero tenga en cuenta que un fantasma es un fantasma.
-Muy cierto: ¿pero cómo, si uno no cree absolutamente en fantasmas?
-¡Ajá! ¿Es que piensa usted que yo creo en fantasmas? ¿Pero de qué me sirve este no creer?
-Muy simple. Lo que debe hacer es no tener más miedo si un fantasma viene realmente a su pieza.
-Sí. Pero es que ése es el miedo secundario. El verdadero miedo es el miedo a la causa de la aparición. Y este miedo permanece, y lo tengo en gran forma dentro de mí.
De pura nerviosidad, empecé a registrar todos mis bolsillos.
-Ya que no tiene miedo de la aparición como tal, habría debido preguntarle tranquilamente por la causa de su venida.
-Evidentemente, usted todavía nunca ha hablado con fantasmas; jamás se puede obtener de ellos una información clara. Eso es un de aquí para allá. Estos fantasmas parecen dudar más que nosotros de su existencia, cosa que por lo demás, dada su fragilidad, no es de extrañar.
-Pero yo he oído decir que se los puede seducir.
-En ese punto está bien informado. Se puede. ¿Pero quién lo va a hacer?
-¿Por qué no? Si es un fantasma femenino, por ejemplo -dijo, y subió otro escalón.
-¡Ah, sí… ! -dije-, pero aún así no vale la pena. Recapacité.
Mi vecino estaba ya tan alto que para verme tenía que agacharse por debajo de una arcada de la escalera.
-Pero no obstante -grité-, si usted ahí arriba me quita mi fantasma, rompemos relaciones para siempre.
-¡Pero si fue solamente una broma! -dijo, y retiró la cabeza.
-Entonces está bien -dije.
Y ahora si que, a decir verdad, podría haber salido tranquilamente a pasear; pero como me sentí tan desolado preferí subir, y me eché a dormir.
Ernst Jünger
Este fragmento de Relojes de Arena fue publicado a raíz de su muerte en el diario El País.
El lector conocerá sin duda esos estados de ánimo y esos ambientes en los que un objeto, que tanto puede ser uno del que nos servimos a diario como uno al que sólo dedicamos una fugaz mirada, se pone a hablarnos y se nos vuelve así simpático. Es el inicio de todas las aficiones y de todos los coleccionismos. Empezamos a profundizar en el objeto y vamos adentrándonos en su interior. Entonces él nos revela sus secretos; y si tenemos paciencia, hallaremos que un secreto sigue al otro. Aun la flor más pequeña tiene raíces en lo infinito, y lo que las descubre es la afición que sentimos por ella. Lo inaparente de las cosas es sólo un velo que las disimula.
Algo así me ha ocurrido a mí c Sigue leyendo
Jeans Peter Jacobsen
Ha pasado tiempo desde que expuse este post, pero siempre releo a Niels, a pesar de que no cumplió con las espectativas tan ansiadas, descubro algún parrafo, una idea, una linea que me sorprende, lo tengo a mi lado, descansando para cuando este en ese tedio que nos entra a las mujeres, tal vez también a los hombres, en que agarramos lo que esta a mano, ahí esperando para satisfacer nuestro vacío.
Lo retomo, se los entrego…, disfruten esta selección.
Jens Peter Jacobsen
Niels Lyhne (fragmento)
” El sol, a punto de ponerse, brillaba rojo a través de la ventana. Niels Lyhne estaba sentado delante con la mirada perdida entre los olmos del baluarte, oscuros como el bronce contra el
fuego de las nubes. ¿Nunca has oído hablar de gente sobrada de Sigue leyendo
Some Where in Time
¿El tiempo?, que figura hace en nosotros, ¿como realmente corre en el universo, en nuestro universo?
Es una hermosa película que refleja exactamente lo que quiero decir… Encontré este pequeño resumen en youtube, espero en algún momento la puedan ver.
(dar play y esperar que se cargue , cuando haya desaparecido la linea roja, esta lista)