María José Cabezas, Diego Valdés, Don Nadie, Claudio Rojas


Tertulia 17 de Noviembre

Juventud, anhelada y sobredimensionada juventud. La noche estuvo repleta de ella, los rincones se dejaron aplastar por la energía y sonrisas seductoras que se escapaban de los rostros de los jóvenes escritores que nos acompañaban en la penúltima tertulia. Hubo de todo, nerviosismo y ese llanto vedado, ese que se esconde tras el reclamo. ¡Que noche!,

 El barracón estaban brindando junto a Don Nadie, guitarrista, cantante, hombre enamorado, hombre lleno de sueños y de luchas. Con una personalidad que no sospechaba. Había venido a varias de las tertulias, siempre con una sonrisa amistosa pero silente. De mirada quieta y tímida, sin embargo esa noche, era otro. Estaba lleno  de vida. La Katia lo miraba embelesada (el amor se la aprieta en los ojos). Nos encantaron con su entrega musical y una improvisada lectura de una de las revistas que editan, “Calíope”. Pero ya hablaré del  Barracón, merecen una entrada completa.

 La María José…, encantadora, llena de sueños, de lectura, de humanidad, de esas mujeres que quieren y exigen más de la vida que lo que pueden tomar al paso. Nos mostró un trabajo bien cuidado, con sentido y futuro. Habló con soltura de cómo y por qué dejo medicina y llegó a estudiar literatura, contestó con entusiasmo y labia las preguntas que saltaban por las mesas.  

 Diego, cineasta y poeta. Un personaje. Me dejé resbalar por su palabra, una palabra con fuerza, con garra. Dijo…, dijo lo que debe decir un alma con historia, aún cuando él, todavía no lo sabe.

Este autor nos mostró a través de su poesía una sátira que se abraza extasiada con el grito de reclamo que siempre arde en un corazón joven, uno que tiene todavía que comprender, más allá del ojo, el verdadero dolor y la verdadera alegría. .

Fue una buena lectura por parte de ambos poetas. Una de esas que tienen condimento y sabor, que dejan satisfechos.

Pero las sorpresas siguieron, con Diego llegó otro joven cantautor, Claudio Rojas, se veía sencillo, casi humilde, hasta que agarró la guitarra, apenas le arrancó los primeros acordes supe que era bueno. Al final de la presentación de los escritores y Don Nadie, que era el músico invitado, Claudio tomó la guitarra y cantó con una voz y una garra que nos dejó en deuda con él, su música y  poesía. Pero por sobre todo con su humanidad.  

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