Marrakech
Al abrir la puerta del avión me aplastó un golpe seco y violento, eran los 47 grados de temperatura, me recordó Abu Dabi, donde apenas pude respirar pero al mismo tiempo me invadió esa sensación de no saber dónde estaba y al mismo tiempo darme cuenta de donde estuve toda mi vida, había tanto que descubrir, el mundo es tan pero tan grande y diverso, había que tocarlo, acariciarlo, ¡asombrarse!. Fue entonces cuando quise descubrirlo todo, respirar los rostros, sumergirme en las miradas, tocar, al menos sutilmente tantos colores de piel, olores y sabores. Sentimientos y asombro. Eso pasa cuando comienzas a descoser el mundo, cuando las delgadas líneas de las fronteras se caen y empiezas a invadir, casi sin delicadeza, las vidas de todos esos seres a los que observas, y si tienes suerte, logras convivir algo más que solo pequeño instante con ellos.
Marruecos, o hablemos de Marraquech ya que Marruecos tiene mucho más para ofrecer que sólo una ciudad, te engaña, al principio crees estar en las mil y una noches, y luego te encuentras en un mundo que debes, no hay otra salida, debes sumergirte en silencio para realmente comprenderlo.
Estamos en verano, por lo tanto en las mañanas es posible caminar, sólo unos 33 grados. Puedes hablar y hasta sonreír, al medio día, con unos cuarenta y cuatro ya te arrastras tratando de diluirte por algún hilo de sombra que se resbala por una de las tantas murallas de piedra color pastel. A media tarde no vales nada salvo que estés refugiada en algún lugar con sombra (47 º) recién a partir de las ocho de la noche se puede salir nuevamente a desandar las calles, asombrarte por todo, y tratar de ser en lugar de juzgar.
Las cigüeñas nos observan apostadas en los nidos ubicados en las aldenas de la muralla rosada que bordea el castillo del Rey Mohamed VI, a quién no juzgaré por respeto a sus seguidores. No te dejan sacar fotos de los jardines, que obligadamente tienes que atravesar para llegar a ciertos puntos de la ciudad. Mirándola desde lo alto, no se ve verde, sólo cuadrados de tierra inválidos y tristes, eso piensas, pero hay mucho más. Laberintos, calles pequeñas, puertas prohibidas, rostros cubiertos.
Los castillos y palacios honestamente no despiertan un mayor atractivo, después de ver la alhambra, en cuanto a arquitectura árabe se refiere, todo lo demás queda chico. Además comparando algunos de los cientos de palacios en India, todo queda chico. No por ello dejas de sentir cierta envidia por el trabajo que se despliega ante ti.
Uno de los mayores atractivos de Marraquech, y no me parece raro ya que viven del turismo, son los Zocos. Es una serpiente de decenas de cabezas que se abren arrastrándose llenas de vida, calor y color por el centro de su ciudad. En verano son un paraíso, ¡te regalan sombra! y con 47 grados de calor africano, realmente lo aprecias. Enseguida te asombras por la inmensidad de “cosas” con las que te encuentras, la forma se recrea a través del fierro, las telas y lanas, el cuero, los condimentos, aceites, perfumes, semillas y hojas secas. La plata, el oro, la madera. Ahí encuentras de todo y de todas las formas. Pequeños locales que te atrapan en su desorden. Ves a los hombres (ni soñar con ver a una mujer ahí) y como digo, son miles de pequeños puestos que se derraman en sus laberintos. Comercializar como lo hacían hace decenas de años atrás, regateando, peleando la mejor oferta ahí es un arte.
Los hombres visten sus chilabas, la mayoría son altos y bien parecidos, muchos jóvenes, me llamó la atención eso, creo que van heredando de sus padres el gustillo por el dinero y el comercio. Hay mucho que contar de lo turístico, pero ya saben, me gusta hablar de lo que no se toca o ve. Me gusta sentir los viajes. NO hablaré de las curtiembres porque solo hiede a muerte, y me arranco del dolor, no abro realidades que me hacen daño.
La mujer. Al verlas caminar con sus chilabas largas y generalmente de telas oscuras para ocultar nuestra forma natural y contorneada, en algunos casos con hasta dos capas de tela para que quede todo “bien cubierto” y no despierte el deseo de algún hombre que no sea el propio, o al que pertenece, me atraparon. El hombre reza, se sienta en los cafés a mirar, es insólito como están todos en línea recta apostados en sus sillas cómodamente con su café negro o bebida mirando hacia la calle, las mujeres viven en un universo paralelo, bueno, la mayoría de ellas, hay un porcentaje que se ha liberado y no sigue las costumbres. Que dicho sea de paso, no son buenas costumbres…, creo.
Al mirarlas se me antojaba deshilvanarlas, quería raptar a alguna de ellas e interrogarla, que me abriera sus secretos esos que no comenta, los que guarda celosamente, lo que anhela, porque no tengo duda que tienen anhelos, tal vez sentir el sol en la piel, el aire en el pelo. Tal vez un pensamiento que encierre otro más profundo sobre lo que hay más allá y el pecado que encierra a este. Afirmarse en sus creencias para poder soportar tanto claustro físico y emocional es imperativo. Las sentí misteriosas y dolientes, atrevidas a las más modernas, como el ying y el yang,. Están todas, laten todas en la misma tierra como si fuera un corazón aparte. Las sometidas, las abnegadas, las que han cortado algunas amarras, quitado algunos velos.
Los hombres hincados reverenciando un “lugar”, una dirección en los puntos cardinales, La Meca, ciudad donde se encuentra la Kaaba y centro de peregrinación del Islam. Rezan cinco veces al día y se escucha cinco veces al día a través de las mezquitas el llamado a ese rezo. Son ellos, los hombres quienes van a las mezquitas, los que se postran esas cinco veces al día en sus alfombras o esteras, en las calles, casas, o mezquitas, sólo para ellos. La hora del rezo es sagrada por cualquier fiel seguidor al Islam.
Los edificios tienen todos la misma altura, una que ni por sueños vaya a superar los hombros de las mezquitas, desde lo alto se ve como sobresalen en forma ordenada y santa. Como si fueran la
s responsables de afirmar el cielo que protege su ciudad sagrada.
En las afueras de la ciudad ves a las cabras, corren parloteando canciones de cuna por los cerros, no les importa que apenas haya comida, creo que son felices. También el pastor, no tiene o no se permite tener sueños. Sus cabras son su sueño. Me llevo las cascadas, el color de la tierra, el olor dulzón y apetecible, las miradas. Lo bellos que son, lo felices que creo son…
Guardaré como una invitación el contraste de colores, el desierto mudo, las chicharras, los cientos de gatos y las mulas flacas y fieles. No hay perros, espantan a los ángeles me dijeron. También la sonrisa atenta de la mayoría de ellos y creo que una felicidad que cuesta comprender pero existe.
es un placer leerte, viajo contigo, un abrazote de luz, mil gracias por compartir ¡¡
Gracias a ti por acompañarme! 🙂
Gracias por este hermoso viaje que acabas de regalarme amiga querida.
Te mando un fuerte abrazo.
Enhorabuena por tu blog, que tengas mucho éxito. Te dejo el mio si te animas a seguirme https://fotografiarocioph.com/ 🙂
Como ver ese mundo Marroqui lleno de bosquejos olvidados de vidas que se despliegan por su tierra, quizas arida, desolada, abatida por la tempestad del calor sofocante y no poder ceder a entrometerse, como observador a sus mentes, a sus anhelos, a sus ideales, a su prudencia y por que no decirlo, a sus deseos y proposito sea cual fuese, quizas nublado por las creencias, quizas oscurecido por la cruda realidad de su mundo, pero alli adentro dentro de lo profundo de sus ojos, de su mente, esta ese mundo idealizado que todos poseemos que nos arrebata de una manera extraordinaria a idealisar, a sonar como si pudiesemos ser otro ser, despojado de todo lo aprendido y sentirnos que podemos alcanzar aun lo imposible. No cabe duda que ellos, tal como el resto del mundo tiene esos deseos que los hace a ellos terriblente humanos, suceptibles a amar, a anorar, a sentir. Aun en las curtedumbres, alli donde el ser humano explota a su genero sometiendolo a tal desesperada labor, que quizas lo hacen para poder sonar, aunque sea un minuto, un segundo despues de la larga y ardurosa faena de su dia laboral. Asi ellos tal como nosotros nos convertimos en simplemente humanos, capaces de sentir esta funcion elemental de la que llamamos libertad. Quizas en cierto modo, no podemos cambiar al mundo, no somos ese Mesias prometido, o ese sacerdote o guro, pero seguimos siendo nosotros mismos, ese simple y mortal humano que lo ve todo tal como es, precario, con pocas posibilidades de triunfar, pero continuo, que tarde o temprano se acabara, y asi vendran otras generaciones, otras vidas, otros que quizas abriran sus ojos, a ver la vida no como veta para mandar o controlar a otros, o a tener seguidores, o discipulos, pero simplemente para ser feliz y disfrutar esta felicidad que es gratuitamente entregada a nosotros sin pedir nada a cambio. Si, libertad de elegir, de ser nosotros mismos, de construir nuestro propio proposito como Sartre lo afirmo, y asi convertirnos en un mar lleno de posibilidades de la que Schopenhauer ya hablo. Es que parece que todo lo dejado de los que pasaron por este mundo abyecto, comprendieron que hay una eleccion, una decision que la vida posee, y que somos nosotros mimos los que al fin vamos a seguir y terminar asi nuestra jornada de esta corta vida diciendo junto a Amado Nervo, vida nada me debes, estamos en paz.