Rumores de la tierra


Andan rumores que la tierra  tal vez se cansó, posiblemente  puede comenzar a detener su marcha, o peor aún, decida dar un último aliento por el hastió de soportar tanta estupidez, o tal vez, ese girar sin descanso mareó la semilla que mora en la hondura de su vientre. Quién sabe, tal vez quedó exhausta por la fiesta inagotable que celebra junto al sol. Independiente de  la respuesta, es tiempo de mirarnos interiormente y pensar.

Tal vez sería prudente preguntarnos cuantas manos hemos tocado amigablemente dejando una siembra en al menos una de ellas, cuántos corazones rozamos sin dejar heridas, cuántos ojos besamos con la calidez de los
nuestros. Cuantas palabras coherentes, y cuanta estupidez y sinsentido parloteamos por día.

Es tiempo de preguntarnos, cuántas veces dejamos agua en una fuente para que otros sacien su sed (humanos o animales, ellos también son parte del sistema), cuánto del alimento que tiramos pudimos guardar para mitigar el hambre del que la padece.

Sería más que sensato cuestionarse, ¿cuánto tiempo dedicamos a guardar riquezas,  acumular bienes que no podremos llevar por el camino angosto, ese que no tiene retorno. Cuánto legado dejamos para la humanidad y  cuánto sólo para nuestros herederos (hay una gran diferencia).

Hemos de preguntarnos de una vez, cuántas veces nos sangraron las manos mientras cavamos un hoyo para plantar un árbol, cuántas veces pisamos el hambre para que otros pudieran tener que comer, cuántas nos sudó la frente construyendo un techo para el que no lo tiene.

Es tiempo de  dejar como herencia un millar de pasos que llenen los caminos de estelas doradas donde otros puedan apoyarse, hemos de dejar migas para los colibrí y gorriones, para los que estén perdidos, hemos de partir mil veces si es necesario hasta que nuestros ojos se abran y vean con
claridad, hemos de comenzar una y otra vez por el principio si eso nos hace ser un poco mejor, menos soberbios, más humanos, más dignos ante la sencillez de lo divino, más silenciosos ante el ruidoso parloteo de los que hablan tanto y dicen tan poco.

Hemos de comenzar de nuevo, una y otra vez hasta que aprendamos a dar el valor justo a las cosas, a comprender en lugar de aprender. Hemos de despertar una y otra vez, como lo hacemos cada día pero esta vez, recordando que estuvimos vivos el día que pasó, el que está aconteciendo y si Dios quiere, el que vendrá. Y por sobre todo, comprender, por qué se nos dio el regalo de vivir.

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