Una Caricia


UNA CARICIA
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A veces, cuando la caricia se avalancha en mi mano, mano pueril de roca, se me detiene el tiempo en un segundo eterno…, de esos carentes de frontera, sin limites, casi, casi, eternos donde no existe la forma ni la pausa, ni siquiera el aleteo de el silencio.

Ahí se vacían todas juntas, todas ellas como racimos de flor de la pluma (bellas y con un perfume que embriaga) y se arrancan desobedientes de mi mano, y corren, todas vivas y alborotadas por todo aquello que mis ojos tocan, por los árboles mientras éstos van dando a luz nuevos brotes, o se enciman en algún animal con tiña, de esos que nadie se atrevería a mirar y menos tocar, a mis hijos, los Dioses de mi vientre, (así los llamo), tan amados, ya no tan míos. Otras se escabullen en un hombre, ese al que Dios lo tiene expiando su karma, matando maldades, recogiendo un drama a través de mi mano, mano perpetua, mano de tul celeste.

Y así en cantata las caricias se vierten en todo lo que toco, huelo o miro, sólo sé que se arrancan de mi mano, independientes y tibias, alegres y promiscuas, casi, casi…, como si fueran pequeñas Diosas en el altar de la vida.

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